Hasta siempre, Unión

Publicado: 28 mayo, 2013 en Salamanca
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Debió ser en la temporada 89/90: en aquellos tiempos vivíamos lejos de la provincia (se puede decir que yo nací en el exilio… en el que sigo más de dos décadas después), y mi padre aprovechó que pasábamos unos días en Salamanca para llevarme por primera vez al Helmántico. Conociéndole un poco, seguro que aquello no fue una coincidencia. Aunque esa tarde tiene momentos borrosos, fue inolvidable aquel U.D.Salamanca-Juventud Cambados: mi primer partido de la Unión, blanquinegros contra amarillos. Ni me acuerdo del resultado ni mucho menos de los jugadores: yo era un crío y, tras el impacto inicial de entrar a ese estadio (especialmente me llamó la atención el césped: perfecto, enorme, cuidado al detalle) y una primera parte más o menos animada, recuerdo acabar la segunda mitad jugando al fútbol (¿?) con otro niño de mi edad en las gradas del fondo norte.

Aquel fue el primero, al que le siguieron otros en años sucesivos, siempre haciendo coincidir las vacaciones para pasar unos días en Salamanca, sobre todo en fines de semana en los que la Unión jugaba en casa. Pero no sería hasta noviembre del 94 cuando, después de una larga espera, volvimos definitivamente a la capital del Tormes. Me acuerdo que llegué un domingo, me incorporé el lunes a mi nuevo instituto, y el miércoles ya estaba viendo a la Unión jugar contra el Granada en una eliminatoria de Copa del Rey: victoria 2 a 0 en el primer partido que presenciaba de noche en el Helmántico. Y pasó. Algo hizo “clic” en mi interior: los focos, el equipo (¡los que subirían a Primera, casi nada!), aquel ambiente, la afición, el estadio… me enamoré de la Unión para siempre. Pareció como si lo llevase dentro, esperando salir en el momento justo: la mía no es la historia de toda la vida, mamando unionismo desde pequeño, pero fue un “flechazo” brutal. Desde entonces, todos los domingos he tenido una cita.

UDS

La Unión me ha aportado amistades, experiencias, momentos de emoción, lecciones y un número incontable de vivencias que de otro modo no hubiera podido disfrutar. Crecí junto a ella, apoyándonos mutuamente, unos años más intensos y otros un poco distanciados… pero siempre vibrando con el equipo de mi tierra, en el fondo sur de nuestro Helmántico o haciendo los kilómetros que fueran necesarios para animar donde jugase. El equipo con el escudo más bonito del mundo. El de Díaz, Barbará y Vellisca. El de Pauleta, Giovanella y Taira. El de Quique Martín y Gañán. El de Vela y Braulio. El de Piojo y Borja. Con Lillo, Rojo o el eterno D’Alessandro. Llorando gracias a los goles de Zegarra y Silvani. Siendo testigo de las paradas de Olabe, el esfuerzo de Medina y los rechaces de Torrecilla. Los ascensos, los partidos clave, los penaltis en el último minuto… pero sobre todo en los encuentros menos recordados, con el frío helador de los inviernos del Prado Panaderos y contra rivales desconocidos, porque ahí era donde más nos demostrábamos los sentimientos mutuos. Y, en los momentos históricos, el estadio lleno, en pie: miles de gargantas que eran una, haciendo historia y honrando sus 90 años de existencia, aunque para mí ya fuera eterna desde aquel partido de Copa.

Hoy te mueres, Unión, y contigo se muere también una parte de mí. Nada será lo mismo sin ti: quizá otra cosa, pero nunca como contigo. Gracias por todo, vieja: ¿cómo no te voy a querer?

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comentarios
  1. Juan Luengo dice:

    Verdades como puños.

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