El penalti de El Vivero (Momentos UDS)

Publicado: 22 septiembre, 2013 en Salamanca
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Momentos UDS es el libro que el periodista Roberto Benito ha publicado con los relatos que los aficionados, jugadores y personas relacionadas con la Unión Deportiva Salamanca le fueron enviando tras la desaparición de nuestro club. Si tenerlo en la estantería era algo obligado para cualquier unionista que se precie, que el dinero recaudado por su venta se destine a la asociación Pyfano (Asociación de Padres, Familiares y Amigos de Niños Oncológicos de Castilla y León) es la excusa perfecta para que todo el mundo, futbolero o no, se acerque a la Boutique de la UDS y colaborare con una causa tan bonita a cambio de un entrañable recuerdo.

Yo también envié mi relato, titulado “El penalti de El Vivero”. Aquí cuelgo el original, ya que en el libro aparece la versión corta (lo reduje para cumplir con los requisitos de extensión). Espero que os guste:

Tenía 16 años cuando, en la temporada 1996/97, la Unión consiguió su cuarto y último ascenso a Primera División. Aquel campeonato pasó a la historia unionista como uno de los más emocionantes en sus 90 años de existencia: tras haber bajado a Segunda y comenzar la temporada de manera decepcionante (incluso se rozaron los puestos de descenso a 2ªB), aquella plantilla de los Barbará, Giovanella, Taira, Míchel, César Brito, Pauleta y compañía estaba a punto de culminar una remontada imposible gracias a un fútbol espectacular y por momentos tan brillante como el de los mejores equipos de Europa. Casi al final de dicha campaña el retorno a Primera dependía de los resultados de los tres últimos partidos de liga contra Badajoz, Mallorca y Alavés.

La épica que rodeó esos encuentros daría para escribir varios libros. Empezando por el final, los más de 10.000 charros que invadimos Mendizorroza en aquel Alavés 0–UDS 4 con el que ascendíamos matemáticamente, aún nos estábamos frotando los ojos por el UDS-Mallorca de la jornada anterior: perdiendo 0-1 con un jugador menos a falta de media hora, la magia apareció en el Helmántico. Los goles de Brito y Zegarra –el peruano saliendo desde el banquillo y por partida doble, al más puro “estilo Urzáiz”- desataron la locura en un estadio abarrotado y puesto en pie como nunca antes se había visto. Pero aquello solo fue posible por otro momento aún más determinante que los anteriores: el penalti de El Vivero.

Alrededor de 3.000 salmantinos nos echamos a la carretera para apoyar a los nuestros frente a un Badajoz que mantenía alguna opción de ascenso, por lo que la intensidad del partido fue tremenda desde el pitido inicial. En un césped encharcado e infestado de tréboles (aún no sé cómo, sin pretenderlo, unas horas antes de comenzar el partido algunos pudimos pasearnos por el centro del campo de aquel estadio, aunque esa es otra historia), ambos equipos pusieron mucha más voluntad que acierto en un choque en el que apenas se registraron ocasiones de gol. Entonces, rizando el rizo del tópico, en el minuto 89 el árbitro señaló penalti a favor de la Unión… y el fondo ocupado por los aficionados charros enmudeció por completo.

Vivero

El silencio era sepulcral. Incluso desde nuestra posición en el extremo opuesto del campo se escuchaban a la perfección las protestas de los jugadores contrarios o los gritos de la hinchada local. Nuestras caras reflejaban una mezcla de tensión acumulada y ansia contenida, conscientes de que detrás de esos 11 metros podría estar la recompensa a un año de lucha, de esfuerzo y de confianza ciega que iba mucho más allá de lo razonable. Si marcábamos, el ascenso directo dependería de nosotros mismos. El tiempo se paró y los minutos nos parecieron horas: los jugadores presionaban, los aficionados abucheaban, el árbitro pedía calma… Nadie en el fondo invadido por la marea charra se atrevió a levantar la voz. Busqué el balón con la mirada: lo sostenía un Pauleta desafiante, ajeno a la taquicardia colectiva y decidido a ganarse para siempre el respeto del unionismo. El portugués tomó carrera sin perder de vista la portería, empujado por tres mil almas que aguantaban la respiración: tiro raso, fuerte, ajustado al palo izquierdo… Y pasó. Salamanca rugió como nunca, la alegría se desbordó, algunos no pudimos evitar las lágrimas y todos nos abrazamos sin creernos del todo que nuestra Unión lo hubiera vuelto a conseguir. Por todo lo que significaba, jamás en mi vida he celebrado un gol tanto como aquel.

A los pocos días, mi abuelo ingresó en el hospital aquejado de una grave enfermedad. Cuando fuimos a verlo, me preguntó por el ascenso con el hilillo de voz que le iba quedando y yo, muy emocionado, le conté todas estas historietas. Al salir de la habitación, se despidió de mí con una gran sonrisa y un “¡Hala Unión!”. Aquella fue mi última conversación con él puesto que murió unos días después: la UDS también estuvo presente en uno de los recuerdos más entrañables que conservo de mi abuelo.

Gracias por todo, Unión. ¿Cómo no te voy a querer?

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