Posts etiquetados ‘Exilio’

Aún recuerdo el día que me enamoré de Salamanca. Esperaba el bus en la antigua parada del mirador de San José, aterido de frío y entornando los ojos para distinguir algo entre esa pared de niebla que envuelve al Tormes cuando llega el invierno. Con la cabeza gacha y el cuello del abrigo enfundado hasta los ojos, no reparé en que la bruma daba un poco de tregua y se levantaba lo justo, dejándose atravesar por un soplo de claridad. Y simplemente pasó: al alzar la mirada me encontré con una imagen que parecía sacada de la imaginación de un escritor del siglo XIX: la silueta de la catedral, difuminada por la neblina e iluminada por los rayos de sol, se abría paso por aquella cortina gris reflejando un alegre color dorado que en un instante se extendió por toda la ciudad. Inmediatamente supe que aquel sería uno de los recuerdos más bonitos que guardase en mi memoria para siempre.

Pero la vida da muchas vueltas y, como muchos otros salmantinos (demasiados), tuve que buscarme la vida lejos de Salamanca y su piedra de Villamayor. Es ahora, en el “exilio”, cuando se echan de menos los detalles más cotidianos, los mismos que apenas se valoran cuando tienes la suerte de disfrutarlos a diario: el misterio de la calle Compañía, la grandiosidad de la Plaza Mayor, el encanto de la Plaza de Anaya… También el jaleo y las parrillas de Van Dyck, el ambiente universitario y la fiesta nocturna. Echo de menos cruzar la Gran Vía y encontrarme a algún conocido (cuántas veces se sale a tomar un café y se vuelve para cenar, ¡o desayunar!), esos días -entre los 5 meses de duro invierno y los 4 de verano asfixiante- en los que piensas que Salamanca es el lugar ideal para vivir, poder ir de un sitio a otro dando un paseo porque, para lo bueno y para lo malo, es una ciudad pequeña y recogida…

De todas maneras, no son todo alabanzas cuando hablamos vivir a orillas del Tormes: la ciudad también tiene sus inconvenientes -como ocurre con el resto de lugares-, pero lo que más me preocupa es que, de un tiempo a esta parte, Salamanca está perdiendo mucho de su atractivo. La estadística nos cuenta que 9 charros huyen de su tierra cada día en busca de un trabajo, y que la provincia se está quedando vacía y envejecida como nunca: apenas hay movimiento, cientos de negocios han cerrado o están a punto, los motores sociales y económicos han desaparecido por incapacidad o simple apatía… Yo mismo dudaría si tuviera la oportunidad de regresar: el marco sigue siendo incomparable pero la ciudad ha cambiado mucho en los últimos años, prácticamente todas las amistades también han emigrado y el futuro que se vislumbra no es nada halagüeño para los que vengan detrás.

Llega el momento de exigir una respuesta a los responsables, haciéndonos cargo de que la situación actual no es, ni mucho menos, la mejor para revertir la situación. Pero no solo eso, me resisto a dejar morir a mi Salamanca, esa que me vio crecer y por la que tanto hemos peleado: es necesario menear este acomodo nuestro tan tradicional, levantar la voz y hacer algo por nuestra tierra… si no queremos que desaparezca del mapa sin que falte mucho tiempo. Iniciativas como la del blog “Vivir en Garrido” o los debates que fomenta “Blogsalamank” nos hacen ver que hay gente concienciada que no se resigna: puede que no se consiga nada pero, si no lo intentamos, seguro que no habrá vuelta atrás. Como siempre, para cambiar algo, hace falta que ese cambio comience por uno mismo: información, concienciación, acción. Puede que entre todos se nos ocurra alguna idea para llevar a la práctica; por insignificante que parezca, siempre será mejor que no hacer nada. Por lo menos, yo se lo debo desde aquella fría mañana en la que el bus llegó con retraso.

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